La ciudad de Edimburgo

Edimburgo“Una ciudad de cuento”. Tras haber estado en Edimburgo, la mayoría de la gente suele usar estas palabras para definir la bella capital de Escocia, que, de hecho, y no parece que por casualidad, fue catalogada como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1995.

Por encima de adjetivos, descripciones minuciosas o enumeraciones varias de los rincones por los que perderse en ella, hay un rasgo suyo que salta a la vista sobre cualquier otro: la clara diferencia, arquitectónicamente hablando, entre la Old Town y la New Town, o, lo que es igual, entre el casco antiguo y la parte nueva de la ciudad.

La Old Town

La primera de esas dos mitades, la Old Town, fue fundada en el 626 d.C. Es la parte medieval de Edimburgo, la que le ha valido ese apodo de “ciudad de cuento” que comentábamos y, por qué no decirlo, quizá también la más bonita. Sus calzadas de adoquines, sus callejones o closes -como los llaman allí- y sus edificios de piedra, entre los cuales, a menudo, pueden oírse lejanas melodías de nostálgicos gaiteros, giran en torno a una vía principal, la más importante de la capital escocesa: la Royal Mile. Esta espléndida avenida se extiende, como indica su nombre, a lo largo de una milla, que lleva el apelativo de “real” porque arranca en el castillo, emblema de la ciudad y antigua fortaleza regia, y finaliza en el palacio de Hollyroodhouse, residencia oficial de la reina Isabel II y demás miembros de la Familia Real británica en Edimburgo.

La Old Town es hermosa, melancólica, misteriosa. Ese halo de misterio en el que siempre está envuelta se nutre de multitud de viejas leyendas. Dichas historias se han ido alimentando de los pasajes más turbulentos e inquietantes de la Historia local, entre los cuales se lleva la palma el referente a la peste. Y es que, seguramente haya quien no sepa que, bajo el suelo de la urbe, existe una especie de ciudad subterránea, con túneles y más túneles que se construyeron, como medida de aislamiento para enfermos, cuando la peste bubónica azotó la ciudad en el siglo XVII. Hoy, como te puedes imaginar, esas calles sobreviven tan sólo como documento histórico, amén, claro está, de como sitio perfecto donde los guías pueden hacer el agosto a costa de los turistas más curiosos (existen tours en los que se cuenta la historia de los pasadizos y las oscuras y fantasmagóricas fábulas que han ido labrándose sobre ellos a lo largo de los años).

La New Town

Después de patear a conciencia la Old Town, recorriendo la Royal Mile, dando una vuelta por George IV Bridge o la animada zona de Grassmarket (otrora lugar de ejecuciones públicas), perdiéndote por callejuelitas encantadoras como Victoria Street o Bank Street, y habiéndote dejado llevar por el delicioso embrujo de la parte vieja de la ciudad, disponte a cambiar de aires. Justo al otro lado de los Jardines de Princes Street, esa urbe medieval se torna de pronto en una metrópoli moderna y cosmopolita. Has llegado a la New Town.

EdimburgoLa ciudad nueva o ensanche, que data de 1767, también tiene su calle principal, en este caso, Princes Street. De esta generosa e importante arteria se pueden decir muchas cosas, entre ellas… ¡que siempre suele estar abarrotada! La razón es sencilla: aglutina puntos de interés tales como la Royal Scottish Academy, el Monumento a Scott, la estación de trenes (Waverley Station), el emblemático hotel Balmoral (cuyo famoso reloj de la torre, por cierto, continúa la romántica tradición de ir dos minutos adelantado para evitar que los viajeros de la cercana estación pierdan sus trenes), sin olvidar las principales cadenas internacionales de ropa y tiendas de souvenirs. A pesar de todo esto, lo más llamativo de Princes Street es que, a lo largo de toda ella, siempre tendrás impresionantes vistas del castillo, que vigila desde su atalaya, allá en lo alto de una colina volcánica, todo lo que se cuece por ahí abajo.

En este lado de la ciudad, característico por sus elegantes edificios de estilo georgiano, hay otros muchos emplazamientos a los que te sugerimos echar un vistazo. No te pierdas, por ejemplo, las calles Rose, George o Leith, pero tampoco plazas como Picardy Place o, aunque un poquito más a desmano, el Real Jardín Botánico de Edimburgo.

La playa

Exceptuando los barrios más concretos y las áreas residenciales, junto a la Old Town y la New Town existe, a rasgos generales, otra zona de mención obligatoria: la de la playa. Sí, Edimburgo es una ciudad costera. Ahora bien, la costa no está cerca del centro urbano, de modo que tendrás que ir hasta allí en algún medio de transporte, pero, sobre todo, ten en cuenta que está bañada por las aguas del Mar del Norte, lo que se traduce en que puedes ahorrarte el espacio del bañador en la maleta, ya que sus aguas están más bien fresquitas, incluso en verano. Sin embargo, nunca está de más un paseíto playero. Te gustarán las vistas.

Aunque suena a tópico, Edimburgo, como tantos otros lugares en el mundo, tiene mil caras. Como decíamos, es una ciudad de cuento, pero, a la vez, es una ciudad moderna e internacional. Y también literaria. ¿Sabías que en 2004 fue la primera urbe en ser nombrada Ciudad de la Literatura por la UNESCO? Seguramente se debió a los grandes escritores ligados a ella: Robert Louis Stevenson, Robert Burns, Walter Scott, Arthur Conan Doyle… y, quizá también, a su Feria del Libro, que lleva celebrándose desde 1947. Y no es el único festejo importante en esta ciudad de festivales. Al Hogmanay (la fiesta de año nuevo) hay que sumar el Festival Internacional de Edimburgo, el mayor evento mundial de las artes escénicas, que, cada mes de agosto desde 1947, llega cargado de una agenda inigualable de teatro, música, ópera, danza…

Paralelamente, su alter ego independiente y gamberro, el Fringe, llena las calles de músicos, cómicos y funambulistas venidos de todo el mundo para hacer reír y soñar a todo el que se acerque a ver los shows que cada día llenan de color la Royal Mile. Hay que vivirlo al menos una vez en la vida, palabra. Una cosa más: en dicho mes también tiene lugar, en este caso en la explanada del castillo, el Edinburgh Military Tattoo, el evento militar-musical-visual más curioso y emocionante que imagines.

En fin, si hubiera que definir Edimburgo, podríamos decir que es una pequeña-gran metrópoli, para que nos entendamos, una de esas ciudades en las que, aunque que no falta absolutamente de nada, sigue transmitiendo esa idea de lugar cercano, amable y encantador que te enamora a primera vista. Algo así debió de sentir ya allá por el siglo XIX uno de sus lugareños más célebres, el escritor Robert Louis Stevenson, quien, al parecer, definió así su ciudad natal: “Edimburgo es lo que París debería ser”. Ahí queda eso. ¿Te animas a comprobarlo?